miércoles, 22 de julio de 2009

Consciencia e inconsciencia

Me dice Elay que soy insoportablemente consciente. La consciencia me lleva a un continuo redoblar de esfuerzos en toda actividad que realizo, a sentirme siempre al borde del fracaso. El continuo temor a no estar a la altura de lo que se espera de uno conduce a la superación continua.


Ser continuamente consciente le lleva a uno a ser intolerante con la inconsciencia. Y lamentablemente la inconsciencia nos rodea de continuo y hemos de sobrevivir a su asedio. La semana pasada se manifestó un par de veces a mi alrededor por la boca y acciones de las empresas que colaboran con nosotros.


Una vez fue mediante la palabra. En una conferencia de gestión de proyectos, repleta de responsables de proyectos TIC en la Administración, y consecuentemente de juzgar ofertas, un responsable de proyectos de una empresa se vanagloriaba de no cumplir plazos, de retorcer las especificaciones iniciales a su conveniencia y de utilizar menos recursos de los presupuestados. Y se ponía como ejemplo de buen gestor de proyectos. Cara de poker y a tachar una empresa de entre las posibles colaboradoras. Prefiero pensar que fue un fruto de la inconsciencia y no de la estulticia.


La inconsciencia no lleva sólo a no cuidar la palabra, también a descuidar los resultados. Solo ello puede llevar a alguien a realizar sucesivamente las siguientes acciones: Hacer una propuesta de informe y resistirte a corregir lo más mínimo, presentarlo con maś de un 50% de desviación temporal, incluir en él todo lo que te habían dicho que no querían y nada de las sugerencias que te habían dado, incluir elementos manifiestamente desactualizados o directamente inventados. Soy benévolo y prefiero pensar que el que realizo los hechos era inconsciente, que no lo hizo con la intención del engaño.


¿Por qué reina la inconsciencia en quienes se supone han de ser conscientes de satisfacer a alguien? Difícil respuesta. Creo que es tan sólo el desinterés causado por la falta de motivación. No se pretende satisfacer a quien se cree prisionero de tus caprichos. No se busca  satisfacer cuando uno se ve insuficientemente recompensado. Son dos niveles de inconsciencia, igualmente dañinos para los que los sufrimos, con los que a diario lidiamos. Y en medio del fuego, entre la soberbia y desprecio del mando de la empresa colaboradora, y la desidia de sus recursos operativos, estamos los impotentes clientes.

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