En el ya lejano curso selectivo que seguimos tras aprobar la oposición, nos hablaron entre otras cosas de la motivación de los empleados públicos. Uno de los profesores, nos interrogó acerca de porqué trabajábamos. Respuestas variadas de la audiencia, desde el orgullo profesional a la motivación pecuniaria, salieron todas las respuestas posibles. Excepto una que era la correcta: Trabajamos porque queremos. La motivación al trabajo, cómo se llega a provocar ese "porque se quiere", es lo que es variable. Y la labor más dura en la gestión de recursos humanos.
No es ningún misterio la dificultad de la gestión de recursos humanos en la Administración. Personalmente, ni gestiono ni me siento gestionado, siendo mi motivación puramente personal. Es decir, me encuentro entre los que me considero automotivado y tengo la suerte de no tener que motivar a nadie a realizar su trabajo. Sobre todo, me alegro de lo último, pues, precisamente por mi automotivación, soy incapaz de comprender las razones por las que hay que motivar a alguien a cumplir con su obligación (aunque crea haberlo sabido hacer cuando se me ha requerido).
Existen a mi juicio tan sólo dos maneras de motivar a un empleado público a realizar su trabajo. La primera es la económica, pero los márgenes aquí son estrechos. Los ascensos son difíciles y la recompensa económica en forma de paga de productividad tiende a la equidad. La segunda, es el gusto por lo que se hace, motivado por uno mismo o desde fuera. Tratar de encontrar el hueco dónde realizar una tarea que realice y ayudar a los que de tí dependan a lo mismo dentro de tus posibilidades.
En estos tiempos de congelación salarial que se nos avecina, decir que me importa más la segunda de las razones (la satisfacción profesional) a la hora de realizar mi trabajo, puede resultar contraproducente. Sin embargo, me inclinaría más a la búsqueda de un cambio el tedio personal que la búsqueda del incremento salarial. Evitar el tedio personal (propio y de los que nos rodean) es la clave de la supervivencia en este año de restricciones económicas. Esa huida del tedio tiene sin duda alguna un origen personal en parte, pero también un origen externo de aquellos responsables de la organización del servicio público. La valoración pública del empleado público y su labor, debería ser parte de la estrategia de nuestros responsables ante los sacrificios por delante.